miércoles, 26 de julio de 2023

Una restauración arqueológica de las filósofas antiguas


Signo de pensamientos que fueron acallados injustamente, la palabra de estas mujeres sigue latente bajo el suelo del olvido. El trabajo de desenterrarlas doblemente, del pasado y de la omisión, y hacerlas dialogar con el presente, es el objetivo de la incipiente colección de ensayos “La otra palabra”, editada por Galerna.



I.


“La historia de la filosofía antigua es la historia que se cuenta sin ellas”, dice Mariana Gardella, Dra. en Filosofía y docente de la UBA, en su ensayo “Las griegas”, mientras repasa las dos razones que para ella fueron determinantes a la hora de pensar la exclusión de las mujeres del pensamiento filosófico. La primera es el prejuicio sexista, que abona a la idea ya antigua de que las mujeres no son capaces de pensar, al menos en igualdad de condición que los varones: “Yo soy mujer, pero tengo inteligencia”, rescata Gardella a la Melanipa, de Eurípides. La segunda razón es la ignorancia acerca de cómo vivían las mujeres. Allí la autora analiza cuánta incidencia real ha tenido la falta de educación a la que eran sometidas (al menos en Atenas) y la imposibilidad de tomar la palabra en un espacio público. Pero aunque éste era el destino general de la mayoría, no todas las mujeres vivían de la misma forma. La generalización y sobre todo, la homogeneización de “la mujer” en el estudio de la Grecia Antigua, provoca el borramiento de otras que han logrado, de distintas maneras, correrse de esa norma.

Las ideas de Gardella se traslucen en un lenguaje sofisticado pero sin perder la frescura de una escritura que se le tan cercana a la oralidad. Logra la autora una transmisión didáctica de conceptos filosóficos muy rigurosos, estimulando, creemos que con creces, el interés delx lectorx por la filosofía antigua. 

Luego de enumerar las razones que dieron lugar a la exclusión de las mujeres de la filosofía, Gardella destaca en su trabajo tres variables para atender con mayor profundidad al conocimiento de cómo vivían aquellas mujeres. La primera será la variable socioeconómica: por lo que se sabe, sólo las mujeres libres y pudientes eran confinadas a una vida hogareña, sin educación y con el sólo propósito de cuidar a los niños. La segunda es la variable temporal, la que parte el “mundo antiguo” en tres etapas: no es lo mismo la época arcaica, la época clásica o la helenística. Ésta última se destacó por una gran extensión del territorio de Grecia hasta Asia por parte de Alejandro Magno, conformando así el llamado “período helenístico”. Ello significó, entre otras cosas, un cosmopolitismo mayor y dio la posibilidad a que las mujeres pudieran educarse. Prueba de esto, explica la autora, son los muchos escritos de mujeres poetas o filósofas que se conservan de ese tiempo. La tercera variable es la geográfica, con la principal diferencia dentro de la época clásica, entre atenienses y espartanas. En efecto, la ciudad de Esparta estaba organizada bajo el criterio de la “eugenesia”, un término moderno que se utiliza para definir las prácticas que permitían mejorar los rasgos hereditarios de la especie humana. A causa de esto, en Esparta las mujeres practicaban deportes y dedicaban tiempo al cuidado de su físico en general. Cuerpos sanos asegurarían una buena descendencia.

A partir de allí el trabajo de Gardella se adentra en un análisis histórico que va desandando a través de diferentes relatos mitológicos que tienen como a alguna mujer como protagonista o personaje principal. Por ejemplo, comienza con el mito de Hipe, relatado en la tragedia Melanipa sabia, de Eurípides, que fue violada por Poseidón y posteriormente defiende, a través de un alegato, a sus propios hijos, considerados monstruos y condenados a morir incendiados.

Pero Gardella precisa una cuestión conceptual relevante para el enfoque feminista que pretende en su trabajo: sostiene que, para lograr la tarea de reconocer una filósofa, hay que preguntarse primero qué es la filosofía, cuestión que es un problema filosófico en sí mismo y difícil de resolver, entre otras cosas porque no hay una sola definición y, obviamente, porque en la inmensa mayoría de los casos esa definición no la pensó una mujer. Así, la autora rastrea un primer significado general de lo que en la Antigüedad se entendía por “filosofar” y encuentra que según contextos, podía remitir a ideas tan disímiles como “mostrar curiosidad”, “cultivar el espíritu” o “amar la discusión”. Luego, a comienzos del siglo IV antes de la era común, es Platón quien define técnicamente a la filosofía, creando una nueva disciplina, y diferenciando conocimientos filosóficos de los que no lo eran.

A partir de allí, la autora se cuestiona cómo se ha dado la inclusión y el reconocimiento de ciertas autoras como filósofas y encuentra que ese agregado se ha dado en la mayoría de los casos sin modificar el “canon” que reproduce problemas, perspectivas y métodos tradicionales. Para que la inclusión sea real y efectiva, dice Gardella, es necesario cuestionar ese canon filosófico en clave feminista. 

Las griegas es entonces un compendio breve, pero amplio. Breve por la cantidad de pensadoras sobre las cuales nos ha quedado algún registro, amplio por lo extenso y diverso de las disciplinas en que se han desempeñado: desde poetas como Safo de Lesbos, pasando por la matemática Hipatia de Alejandría o Cleobulina de Lindos, reconocida por su sabiduría para expresar enseñanzas a través de enigmas, hasta las Pitagóricas o la cínica Hiparquia de Maronea, coprotagonista, junto a Diógenes del grupo de los cínicos, cuya ética consistía, básicamente, en cuestionar los valores culturales de la época.


Finalmente, Gardella acompaña su trabajo con un corpus de los fragmentos de las autoras en cuestión o de menciones de éstas por parte de otros autores, algo que da al trabajo el valor singular de que cualquier lectorx pueda confrontarse directamente con lo que escribieron las pensadoras. También nos brinda una breve cronología y una biografía de lxs autorxs más representativos de la antigüedad.



II.


Claudia D’Amico, Doctora en Filosofía Medieval, rescata la palabra de Hildegarda de Bingen, maestra, visionaria y teóloga cristiana de la ciudad alemana de Bermersheim. Nacida en el siglo XII, Hildegarda fue canonizada luego de un periplo de más de ochocientos años, en 2015, por el Papa Benedicto XVI.

La autora se propone mostrar, por un lado, cuales fueron los caminos para que en un contexto como el del cristianismo del siglo XII, el discurso de Hildegarda, de claro sesgo femenino, haya llegado a tener el peso teórico y político que tuvo. Por el otro, intenta indagar la condición estrictamente filosófica que tuvo el pensamiento de esta mujer. Para ello, en la misma sintonía que el libro de Gardella, se pregunta qué se entendía por filosofía en los tiempos de Hildegarda y adopta dos ejes para tratar su investigación: uno, “la filosofía como oficio”, es decir, el proceso de profesionalización de los filósofos (este último término ya contiene un sesgo: el de quienes se autodenominaban así) y otro, la consideración de la filosofía dentro de un horizonte más amplio, el cual la incluiría en un sistema de conceptos que se relacionan semióticamente. Y aquí las visiones que tenía Hildegarda, las imágenes que constituían su modelo de comunicación con “la Sabiduría”, serán clave en el análisis, según D’Amico. La importancia viene dada por la interpretaciones que la teóloga medieval hacía de sus visiones como una mediación con lo inefable de la divinidad.

En el primer capítulo, de corte biográfico, la autora recorre algunos episodios centrales de la vida de Hildegarda, como el hecho de que desde los cinco años comenzó a sufrir visiones y que a los ocho fue enviada a un convento donde otra niña, tan sólo seis años mayor que ella, ofició de su maestra. O el momento en que, a los 42 años, recibió la visión que le cambió la vida: la que le ordenó “proclamar y escribir” aquello que veía.

A partir de allí, D’Amico dedica un capítulo al tema de Dios en la filosofía. Repasa varios autores medievales como Tomás de Aquino o Meister Eckhart y, por supuesto, habla del concepto de Dios en Hildegarda. Otro apartado está dedicado a lo que da en llamar “la naturaleza como Teofanía”, un discurso muy en boga en la teología del siglo XII por el cual se realiza una exaltación del poder divino a través de una descripción de la vitalidad y majestuosidad de la naturaleza. En un capítulo siguiente analiza algunos de las miniaturas que ilustran las visiones de Hildegarda en su libro Scivias. Luego le dedica otro acápite a “el ser humano como microcosmos”, visión que alude a la centralidad del ser humano en el mundo, una centralidad que le viene dada por ser la más completa de las creaturas  (espiritual y corporal) y porque todo lo creado en el universo está en él como reflejo y resumen de todo lo creado por Dios.

Volviendo a la visión que cambia su vida, aquella en que le fue ordenado a Hildegarda “proclamar” y “escribir” lo que veía, presenta una gran contradicción, según D’Amico, al menos respecto de las mujeres, y muy marcadamente en esa época. Ellas efectivamente estaban autorizadas a poner por escrito sus ideas (aunque sólo en ámbitos privados y al sólo efecto de educar a otras mujeres, fueran religiosas o laicas). Sin embargo, la palabra en espacios públicos les estaba absolutamente vedada. Esta característica misógina se mantiene, con leves diferencias, en mundos tan distantes como la Grecia antigua estudiada por Gardella y el medioevo cristiano del siglo XII, materia del libro de D’Amico. Indagar en la mencionada particularidad quizá sea una de las claves de esta colección que intenta rescatar -y creemos, lo logra con creces- esa otra palabra, la de las mujeres, y mostrar cuáles fueron los mecanismos de poder que las silenciaron casi hasta la sepultura. Casi, porque los testimonios sobre las diversas mujeres compendiadas en esta colección son muestra cabal de que ninguna hegemonía (en este caso la cultura patriarcal) puede existir sin una resistencia, sin una alteridad que deje testimonio de miradas diferentes.


La colección La otra palabra de Galerna

  • cuenta con la dirección de Jazmín Ferreiro, Doctora en Filosofía de la UBA y la UNGS y especialista en Filosofía Medieval. 


  • está integrada por un tercer título, Simone de Beauvoir, filósofa de la libertad, de Danila Suarez Tomé. 


  • está próxima a lanzar un nuevo libro sobre Flora Tristán, con autoría de Luisina Bolla, probablemente antes de fin de año.


  • se presentará, con exposición de las autoras, en el XIX Congreso IAPh, del 31 de julio al 4 de agosto de este año, en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. http://xixcongresoiaph.com.ar/


jueves, 26 de enero de 2023

Nuestras esposas bajo el mar

Julia Armfield parece haberse preguntado: ¿Cómo se mantiene la conexión entre el interior y el exterior? ¿Entre las profundidades y las superficies? Entre la Tierra y el mar, pero también en una pareja. En Nuestras esposas bajo el mar se transitan algunas intenciones para desanudar las tramas de estas preguntas. 

La novela narra la vida de una pareja de mujeres: Leah, una bióloga marina; Miri, con trabajo remoto respondiendo mails desde la casa que comparten.

Es una historia hecha con la espesura de los silencios, compartidos, pero también a solas: una esperando a la otra; siempre por llegar la otra. Pero esa profundidad en la angustia y la desesperación de quien espera se deja mostrar sólo en degradé. Como las distintas capas del océano van mermando en luz a medida que aumentan en profundidad, la respiración de las protagonistas se va cerrando. Lo que se abre es la incertidumbre…


lunes, 23 de enero de 2023

Una historia de la literatura en clave ficcional



“Ambos, una noche de fuego, murieron de su vida anterior y nacieron tal como son ahora”. Así comienza “Junil en tierra de bárbaros”, divertidísima y muy original novela de Joan-Lluís Lluís, traducida por Edgardo Dobry del catalán. Desde el principio del relato se nos alerta del difícil vínculo que sostienen padre (al que no se da un nombre) e hija (Junil) desde la muerte de la madre. El contexto es la frontera entre un Imperio (el romano) y todo el resto, es decir, todo lo que se dio en llamar “pueblos bárbaros”.

La novela es una invitación a presenciar el crecimiento de esta niña de 8 años en un espacio inhóspito: a pesar de vivir en su aldea, con su padre, éste la esclaviza.


Pero Junil no sólo crece, sino que también progresa. Desde su analfabetismo inicial hasta su amor por la poesía, el relato de Lluís Lluís nos va contando a través de la protagonista, una posible “historia de la lectura” o, más ampliamente, una “historia de la literatura” en clave ficcional. Y ese camino hacia el aprendizaje de la lectura es también para Junil, el camino hacia su propia libertad.


La novela es un gran homenaje a las letras, especialmente a la poesía del período clásico. El esclavo de su padre es quien le enseñará a Junil a leer, comenzando por Homero, Lucrecio y Esquilo, hasta que un día le presenta a Ovidio. Pero ella no entiende. “¿Un autor vivo? ¿Existen autores vivos a los que valga la pena leer?” Junil pronto descubre que la literatura no es sólo “un legado del tiempo pasado, de cuando los hombres eran sabios, hablaban poco y escuchaban mucho”. Es así como a los quince años, nuestra protagonista lee El arte de amar, gracias a la ayuda de un esclavo, y se enamora de Ovidio. Pronto pasará por esa sensación por la que todxs lxs lectores alguna vez pasamos al descubrir a unx autorx que nos fascina: la de ser concientes de que nos restan muchas de sus obras por leer.


Todo muy feliz, hasta que el Imperio devela su poca capacidad para el disenso. El emperador Augusto condena a Ovidio al exilio y todos sus libros son prohibidos. Algo de lo que la historia de la literatura ha dejado incontables pruebas: el peligro y la valentía que el oficio de escribir implicaba en otras épocas. Junil llorará: ya no podrá acceder más a los libros de su autor preferido. Pero a este revés se le enfrentarán estrategias para eludir esa censura: cambios de autoría, libros escondidos, serán algunos de esos vericuetos. Pero también tendrán lugar otro tipo de obras apócrifas, ya no obligadas sino hechas a sabiendas: los plagios. 


El día que un muchacho (Teulí Gaiaté) de una respetada familia patricia se acerca a Junil con pretensión de cortejarla, la vida de la chica volverá a complicarse. La insistencia aumenta con cada rechazo de Junil, hasta que el chico le dice que la obligará a través de sus padres, a casarse. Ella escapa, pero no lo hará sola. A partir de allí, se inicia un periplo que durará por el resto de la novela: Junil, junto al esclavo Tresdedos, al bibliotecario Lafás y al ex gladiador Dirminio, serán los fugitivos del Imperio, la posible carne de cañon de los bárbaros y la inexperiencia en el desierto salvaje. En el camino encontrarán a otros pueblos, campesinos, esclavos, quienes se les irán sumando. 

La religiosidad aparece fielmente retratada: de acuerdo a las creencias de la época. ¿Cómo habrán nacido los primeros ritos de sacrificios hacia los dioses que, según dicen, fueron los orígenes de lo que hoy conocemos como teatro moderno? ¿Cómo era la relación entre voluntad divina y acción humana en la interioridad psicológica de un ciudadano romano de entonces? En determinado momento del viaje, cuando alguien se pregunta sobre la posibilidad de que algún Dios baje a la Tierra para observar sus actos, el temor se apodera de todos. 


En el largo periplo de Junil y sus acompañantes, la “experiencia antropológica” que surge de ese encuentro entre tribus o pueblos bien diferentes, es una especie de escenificación literaria ficcional que imagina cómo habrá sido la fusión entre diferentes aldeas y su unificación en pueblos más grandes. Emerge en ella, siempre sostenida por el humor y la ironía del relato, la figura del traductor, central tanto para la práctica antropológica como también para la literaria: ¿cómo se las habrán arreglado, esos primeros hombres y mujeres, entre algunxs de lxs cuales seguramente habría más diferencias que similitudes, más temores que certezas, para comunicarse? ¿habrán sido realmente violentos todos los pueblos bárbaros, comunmente entendidos como incivilizados porque los únicos registros escritos que de ellos nos llegaron son los del imperio? ¿qué posibilidades hubo para la emergencia de lo comunitario? ¿Cómo fueron las primeras reuniones entre hombres y mujeres alrededor de una historia que se contaba? ¿Cómo habrá surgido la idea de que eso que se contaba podía representarse en pequeños caracteres, distinguibles entre sí, sobre una piedra o un cuero de vaca, para que fuese comunicado a seres de otros tiempos y espacios? Preguntas que nos ha dejado la Historia (con “hache” mayúscula) y que encuentran respuesta (u otras preguntas) en una historia (con “hache” minúscula) memorable de la literatura catalana. Porque al fin y al cabo esa es la tarea del poeta: imaginar historias y combinarlas de buen modo con la Historia.